martes, 22 de agosto de 2023

Capítulo 8

 

Capítulo 8: “Sigan, están en su casa”.


Gracias al gran sacrificio de varios de ellos, por supuesto más el águila y el elfo, que Linda, los chicos habían logrado obtener un camino qué recorrer en busca del laberinto.

Mientras los dos alces y los tres expedicionarios recorrían raudamente el camino diseñado por Linda en la tablet, aquella y el elfo iban durmiendo cada uno sobre un alce dorado, mientras que ______, el león, cargaría a la extenuada aguilita, quien, amarrada para no caerse del león, dormía plácidamente.

Pasaban las horas matutinas y aún no divisaban algo similar a un laberinto. Ya _________, el águila, había despertado, pero seguía reposando sobre el joven león. Juanito y la gnómida conversaban y reían, a veces, de forma algo excesiva, tanto que el alce en el que iban, empezaba a refunfuñar.

Llegaron a un nuevo arroyo, estrecho, pero algo raudo, el cual debían cruzar indefectiblemente para seguir el curso del Claro de Luna.

Los alces tenían instrucciones de llevarlos y ayudarlos sólo si no podían encarar la travesía solos, así que tras despertar a Linda y al elfo, uno de los alces, a su manera, les indicó a los seis aventureros, que una vez los cruzaran al otro lado del arroyo, terminaría su labor y volverían a su aldea.

Luego de cruzar, los chicos se despidieron muy amablemente de sus nuevos amigos dorados, pues estaban agradecidos con ellos. En cuestión de minutos ya los alces tomaron un nuevo rumbo para regresar pronto  con sus familias.

Los chicos tomaron sus morrales, algunos ya algo mojados e incluso, estropeados por el trasegar de la expedición. Todos sonreían y tras la propuesta de _________, la gnómida, empezaron a cantar y caminar bailando.

Mientras subían una corta pero empinada loma, Linda les confirma que según el mapa del Claro de Luna, quedaban sólo dos curvas antes que éste terminara. Si no encontraban el laberinto en lo poco del recorrido que les quedaba, tendrían que empezar a dar vueltas e incluso, a dividirse en grupos para que la búsqueda fuera más eficiente.

El primero en llegar a la cima fue el elfo, su excelente estado físico y de salud le permitía ser quien más resistencia tenía de los seis. Llegó a la cima sin una sola muestra de estar agitado y casi como esperando a los demás, y aunque sudaba un poco, era más por el calor que por el esfuerzo de subir la empinada loma.

Lo seguía Linda, a quien le ofreció la mano para que superara el último trecho de la subida. Estaba mirando más abajo para seguir ayudando a los demás, cuando Linda, completamente extenuada, exhala exclamando entre susurros y ahogos:

En efecto, tras la inclinada loma, solo restaba volver a bajar, ya en un terreno más amable, y ahí estaba el famoso, hermoso, enigmático, huidizo y por supuesto, mágico laberinto.

Al terminar de bajar se dirigen al camino de entrada y ven que, a lado y lado de la puerta, dos grandes Qualalús, custodiaban la entrada. Dichos seres eran gigantes perros con armaduras, descendientes de los viejos reinos amerindios que habían poblado este magnífico mundo hace muchos siglos.

Los Qualalús inmediatamente perciben a los seis expedicionarios, empezaron a aullar tres o cuatro veces. Los chicos se detuvieron y observaron cómo los gigantes guardianes, sin dejar de aullar, se giraron de forma que quedaron frente a frente, inclinaron sus armas, y con un gesto como de “sigan, están en su casa”, los invitan a entrar al enigmático laberinto.

Como muestra de cortesía y amistad, Linda propone entregarles algo de fruta, pero los perros guardianes, con el típico movimiento de cabeza, se han negado a recibir dádiva alguna.

Un poco amedrentados por el tamaño del par de Qualalús, han entrado uno tras otro los seis expedicionarios, Linda y el león, de primeros.

Inmediatamente entra el último de los seis, el elfo, se cerraron las puertas y quedaron en total oscuridad.

Un par de segundos después, empezaron a ver pequeñas luces de colores en el piso, y a lo lejos, algo una gran pero tenue luz iluminaba lo que parecía era una nueva puerta, pero mucho más pequeña que la que custodiaban los grandes canes.

Linda y el león a su lado, confirmando su doble liderazgo en el grupo, han iniciado el corto recorrido hacia dicha puerta. Tras ellos, los demás miembros del grupo los seguían expectantes aunque algo más lento que sus líderes natos.

Cuando todos estaban intentando descubrir algún picaporte o palanca que permitiera abrir la puerta, ésta se ha abierto automáticamente, desplazándose hacia abajo y emitiendo el sonido característico de los mecanismos de aire comprimido… “shhhhh… tun”.

Tras ellos todo volvió a ser oscuridad.

Por delante se advertía un mundo completamente distinto. Formas multicolores y colores multiformas… música de fiesta y diversión… aromas y texturas completamente novedosas y desconocidas… robots yendo y viniendo… pequeñas y medianas edificaciones que parecían de pan de maíz dulce y otras de jalea real de abeja reina, alguna más de mermelada de frambuesa y kiwi y claro, no podría faltar las piscinas de leche achocolatada tibia y hasta de miel y leche, eso sí cada una con su respectivo trampolín o tobogán, ya para lanzarse, ya para deslizarse sobre aquellas.

Y lo mejor de todo era que justo en el centro, en un par de amplios mesones, una suculenta merienda esperaba ser degustada por los invitados.

En definitiva, el tal laberinto parecía más un parque de diversiones que una vieja y misteriosa construcción de piedra enmohecida.

Todos empezaron a acercarse a la comida, eso sí, lentamente para terminar de apreciar toda la escena y sobre todo por esperar que alguien les dijera algo… probablemente un nuevo reto antes de merecer cualquiera de dichas atracciones y manjares.

Precisamente eso era lo que pensaba, como susurrándose a sí mismo, el curioso Juanito… como siempre preguntándose los porqués y los cómo y los para qués.

Una vez más se encontraban en una encrucijada y tras unos instantes casi eternos, Linda esgrimió un suspiro y exclamó:

Sin embargo, por mucho que intentaban alejarse, la magia del laberinto les ponía una nueva diversión y una nueva tentación frente a ellos. Todo parecía moverse, como si los objetos del parque los persiguieran, y siempre reaparecían en otro lugar, así fueran un poco distintos.

Sentían como que por más que caminaran y se alejaran, sólo daban vueltas en círculo, y los objetos fantásticos del parque no les dejaban de obstaculizar alguna posible entrada al verdadero laberinto.

Linda empezó a percatarse que, cada que algo reaparecía en otro lugar, no sólo era de otro color y con otros aromas o formas, sino que era algo más pequeño.

Así que decidió que debían correr… todos empezaron a correr en todas las posibles direcciones. La intención no era ganarles a los objetos y pasar antes que aparecieran, sino desgastarlos, intentar confundir a la magia y que cada vez más objetos se volvieran más y más pequeños.

Y lo lograron… lograron ver cómo cada vez todo era más pequeño, hasta que, en un momento, casi exhausto, Juanito alzó uno de los carruseles y lo colocó en sus manos.

Entonces, todo sucumbió.

 

Capítulo 8

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